Dra. Ana Barbero Sans, Médico, Pediatra y Psicoterapeuta.

QUÉ SIGNIFICA PARA MÍ VISITAR?

Visitar es que yo vengo a visitaros porque me invitáis.
Vuestro hijo, vuestra vida, es un terreno sagrado en el que yo, como médico, me descalzo antes de entrar.
Cuando vas de visita, intentas no invadir, respetar las maneras, escuchar con interés, aportar en lo que puedas.
Cada familia tenéis una forma concreta de funcionar, porque es la que os ha servido hasta ahora, y como profesional siento que he de ser respetuosa con ella.
Puede ser que tengáis algún problema, por eso habéis acudido a mí, pero yo no tengo una varita mágica o un poder que me ponga por encima de vosotros para deciros cómo habéis de vivir vuestra vida, cómo habéis de criar a vuestros hijos…

SOBRE MI

Tenía 8 años. Jugaba a muñecas, aunque no mucho. Nenuco y BabyMocosete. Mi vecina y gran amiga Mercedes y yo jugábamos… a llevarlas al pediatra. Ella es una gran odontopediatra, y yo… ya sabéis.
Mi adolescencia fue horrible. Si no fuera tan habladora diría que no tengo palabras. Sentía rabia, incomprensión. Aún hoy día soy enormemente consciente de hasta qué punto me querían mis padres, mi abuela y mis hermanos para simplemente aguantarme. Eso fue un reto y lo demás son cuentos. El test psicotécnico que me pasaron a los 17 años concluía rotundamente que lo mío era cualquier cosa menos lo biosanitario. La verdad es que lo manipulé, aunque también es cierto que la sangre nunca me ha emocionado, y que en ocasiones me había mareado con el sonido de una ambulancia…
Al acabar el C.O.U. de entonces habíamos de rellenar un formulario con las carreras que nos gustaría estudiar. Aproximadamente cada semana decidía una carrera diferente: ciencias del mar en las Islas Canarias, ciencias exactas, farmacia, informática…
Estaba estudiando con mi amiga Laura un día. Ojeé un libro de neurología que ella tenía, y algo se encendió dentro mío. Sentí cómo podía ser humana y científica a la vez. Cómo podía saciar mi espíritu curioso, insaciable, ávido de conocimientos, y a la vez no perderme en las nubes, sino encarnarlo, tocarlo, compartirlo.
Compartir es algo para mí esencial. Ayudar también. De alguna forma me completa. En el proceso psicoterapéutico que seguí años más tarde comprendí muchos porqués, pero la realidad, mi realidad, es que para mí ser médico, ser pediatra, es algo que va mucho más allá del mero trabajo. Supongo que es eso que llaman vocación, ser llamado. Puede ser un don, también puede ser un lastre, y para mí ha sido fuente de gran satisfacción pero también de gran sufrimiento.
Quizá por ello, desde mis primeros pasos como estudiante de medicina y a lo largo de toda mi carrera profesional, el hecho emocional, lo humano, me ha llamado la atención.
Me di de tiempo hasta 3º de carrera y me dije: si en 3º no me gusta, me paso a exactas. Llegué a 3º. Vi el primer paciente. Me enamoré. Hasta ahora.
También en 3º, durante mis prácticas en el Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínic de Barcelona, tuve el honor de acompañar a un chico de 23 años afecto de HIV en su fase terminal. Estaba solo, muriendo, y la enfermera nos pidió si alguno podía quedarse. Mis compañeros no lo entendieron, me juzgaron e incluso imprecaron: éste no es tu sitio, me decían. Has de estar en clase, ésa es tu obligación. Yo escogí estar ahí, acompañarle en esas últimas horas, aunque él ya hacía días que había perdido la conciencia. Ya me iba dando cuenta que ser médico para mí no era lo mismo que para otros compañeros, que sus gafas de ver la salud y la enfermedad no eran iguales a las mías. Agradecí la experiencia, dejarme afectar por ella.
En 4º de carrera decidí pediatra. Mira que no tenía manos con los niños. Muy poca experiencia con ellos, de hecho. Algo me llamó de esta especialidad que ahora forma parte de mi cuerpo.Y lo conseguí.

El 23 de abril de 1997 entraba como M.I.R en el Hospital Materno Infantil Vall d’Hebron de Barcelona, concretamente al servicio de Enfermedades Infecciosas. Se abrió ante mí un mundo. A veces miraba a los niños durante el pase de visita y me quedaba tan abstraída que no escuchaba lo que estaban diciendo mis compañeros. El jefe de servicio, uno de esos días, me dijo: eres muy maja, pero vas a sufrir. Y así ha sido. También me he sentido enormemente recompensada.

  Durante toda la carrera había participado y liderado múltiples actividades de voluntariado, lo social ya era parte de mí hacía tiempo. Al acabar la residencia tenía pensado dedicarme a la Atención Primaria y enfocarme en lo social.

  Pero en el 2º año de residencia, de nuevo la Vida me sorprendía. Estaba rotando por el Servicio de Oncohematología Pediátrica. Una adjunta del servicio me pidió que estuviera pendiente de una niña de 9 años que estaba en fase terminal.

  Pasé gran parte de la noche con ellos. Con ella. Con sus padres. Hasta que falleció. Durante esa noche algo dentro mío se estremeció. Tomé conciencia del honor que suponía que me abrieran sus puertas. De que aquello era terreno sagrado. La muerte, al igual que el nacimiento, son momentos únicos, que nos marcan a nosotros y a los que nos rodean. La gente suele recordar el nacimiento de sus hijos, la muerte de sus seres queridos. El simple hecho de estar ahí, de poder acompañarles en un momento tan vital e incluso desgarrador, daba respuesta a lo que significa para mí ser médico.

  El jefe de Servicio de Oncohematología nos ofreció a otra compañera y a mí quedarnos en el servicio al acabar la residencia para formarnos como oncohematólogas pediátricas. Yo acepté. Jamás me he arrepentido.

 Mi residencia fue extraña. Se distribuían las rotaciones al azar. Mis 4 años quedaron repartidos en 16 meses en unidades de cuidados intensivos (neonatales y pediátricos), 16 meses en neonatos incluída su UVI, algo de pediatría general y los últimos 16 meses en Oncohematología.

  Me quedé 2 años más en el Servicio, una vez acabada la residencia, como adjunto colaborador de oncohematología y haciendo guardias como jefe de guardia del Hospital Infantil. Aprendí, sufrí, compartí, disfruté. Vi a compañeros a los que admiraba y sigo admirando llorando al pie de la cama de algunos de sus pacientes, y eso me permitió llorar a mí. Aprendí de ellos a jugar con los pacientes, y que en un Servicio de Oncohematología la Vida y la Muerte conviven, la Salud de una parte del niño convive con su Enfermedad, los veías con el triciclo por el pasillo. Llevo a tantas familias en el corazón. Y sé que ellos me siguen llevando a mí.

  Durante esos años retomé mi inquietud por lo social, y viajé 2 veranos a Paraguay con la ONG APROPAR, colaborando con ellos durante el curso. Algo dentro mío volvía a llamarme. En la oncología y la vida de hospital me sentía sufrir, y era consciente de que llegaba el momento de trabajar en serio mis emociones. .

  Dejé el Hospital y busqué algún centro de Atención Primaria donde pudiera desarrollar mi inquietud por la Pediatría Social. Estuve 3 años en el EAP Pujol i Capsada, del Barrio de San Cosme del Prat de Llogregat. Un lugar conocido por su núcleo de familias desestructuradas de etnia gitana; un lugar donde la droga y la violencia son parte de la Vida.

Todo lo que había aprendido de trabajo en equipo y multidisciplinar en la Oncología se ponía de mi parte, y me permitía lanzarme en mis primeras redes de Atención Comunitaria. Con el Ayuntamiento, con las Escuelas,  el Barrio. Fui consciente de mi miedo por primera vez en mi vida profesional, aunque lo había sentido en muchas ocasiones antes. No es lo mismo sentir miedo que saber que tienes miedo. Fui agredida. Volví. Seguía teniendo miedo. Pude despedirme de las familias y de esa etapa de mi vida. Durante esos 3 años realicé un proceso psicoterapéutico en profundidad, me comprendí y pude acercarme a mí, a mis fragilidades y fuerzas. Me permitió autorizarme a trabajar en lugares menos expuestos y peligrosos.

En 2006 me trasladé como Pediatra de Atención Primaria al EAP Vinyets de Sant Boi de Llobregat. A la vez comenzaba mi formación como psicoterapeuta en el Máster de Psicoterapia Analítica Grupal de la Universidad de Deusto, realizado simultáneamente en el Hospital del Mar de Barcelona y en Bilbao. Conocí a mi pareja. Fueron años de mucha riqueza, pero donde mi cuerpo comenzó a fallar. Demasiada intensidad, creo. Mucha presión asistencial, también, y mucha exigencia por mi parte.

 En 2009 pasé 8 meses en casa. Cansada, con el hígado y el intestino afectados. Me recuperé. Acabé el máster. Y al volver se nos preguntó al equipo de Pediatría: ¿Qué queréis? Nos dimos cuenta de que era posible que jamás nos volvieran a preguntar algo así, así que lo cogimos al vuelo. Pensamos. Decidimos que queríamos trabajar desde el placer. Dejar algún espacio libre de asistencia para poder desarrollar algo que nos atrayera. Estábamos seguros de que ello revertiría en salud para el equipo.

Y así fue.

  Entrando un lunes en Vinyets, en la puerta, decidí que montaba grupo. Me encontré con nuestra trabajadora social , Dulce nombre Ruiz, en la sala de descanso, y se unió al proyecto. Se lo comentamos a una enfermera pediátrica, Meritxell Pi, y se sumó. Y así comenzamos el Grupo Multifamiliar de Crianza. Consistía en 4 sesiones de 90 min a las que invitábamos a los recién nacidos y a todos los implicados en su crianza: los abuelos de lunes y miércoles, los de martes y jueves, papá y mamá… La idea cuajó en ese momento, pero hacía años que guardaba en el corazón un proyecto que tuve el honor de conocer y tocar un poco en Paraguay: la Pastoral del Niño, desarrollado en muchas zonas de latinoamérica. Se trata de un proyecto de salud maternoinfantil para áreas desfavorecidas, en el que las madres forman a otras madres, parecido al proyecto Pacient Expert. Yo había intentado algo parecido en San Cosme, que no cuajó. En 2010 había llegado mi momento.

De 2010 a 2016 condujimos 11 ediciones, casi siempre con psicólogos externos, supervisada por una psiquiatra experta en grupos multifamiliares.

  Mi intución de la necesidad se confirmaba. Tras años de invitar a los abuelos a la consulta, de ver que las madres acudían a nosotros de urgencias por motivos más sociales que puramente médicos, o por ansiedad, en los grupos muchas de estas cosas salían a la luz. Han pasado 300 personas y 120 familias, nos han necesitado menos y han expresado alivio. Nuestra relación con las familias también ha cambiado, y la satisfacción ha sido unánime.

  A nivel personal, durante esos años me casé. Me quedé embarazada pero perdí la criatura a los dos meses de embarazo. Sentía mi cuerpo parado. Decidimos iniciar un proceso de adopción internacional y nos convertimos en padres el 2013. Tanto el proceso como la adaptación fue duro para todos, la recompensa altísima. No he sido la madre que imaginaba que sería, sobre todo al principio, y aún hoy se mezclan el gran gran amor con el disfrute, la alegría, el sufrimiento, la tristeza, la ilusión, la esperanza. Como pediatra y madre me siento más capacitada, pero también con más necesidad de cuidarme para poder ser pediatra cuando toca ser pediatra y madre cuando toca ser madre. No es fácil

  Mi forma de trabajar, mi forma de ser y de vivir la vida, el desgaste de la conciliación  y adaptación familiar hicieron mella en mí. Mi cuerpo empeoró. Trabajaba ansiosa, agotada. Los estudios indicaban que tenía celiaquía, intolerancias alimentarias múltiples, el hígado muy lento. Meses más tarde me atreví a ir a un especialista en Fatiga Crónica para que confirmara lo que yo ya sabía que me pasaba. Con la esperanza de que fueran imaginaciones mías. No lo eran.

Seguí trabajando y viviendo por encima de mis capacidades, a todo nivel, y empeoré. Todo lo que ofrezco ahora a nivel profesional lo he testado durante años y años, no es nuevo para mí. En el ICS he podido a veces atender a familias enteras, durante horas enteras. He podido conducir grupos. He podido liderar, crear, redes, atención comunitaria. He disfrutado. Pero además he visitado muchos, muchos pacientes, y en muchas ocasiones sin el tiempo suficiente y en los últimos años sin las fuerzas suficientes. Con miedo. A equivocarme y dañar al paciente, también a dañarme a mí.

Ingresé con una neumonía que se llevó las pocas fuerzas que me quedaban y quedé en stand-by. Meses. Sin saber si podría volver a ejercer como médico. Sin esperanza.

Conocí de casualidad un equipo de Canadá que trabaja con pacientes con obesidad y diabetes con muy buenos resultados. De casualidad también supe que algunos de estos pacientes además sufrían de Fatiga Crónica y que habían mejorado espectacularmente. Inicié su programa por mi cuenta, y comencé a mejorar. Les pedí que me admitieran como paciente externo (ellos sólo asesoran a nivel nutricional, no se hacen responsables de la parte médica). Día a día, mes a mes, he ido mejorando. Mucho.

Pero no he querido volver. No quiero volver a un trabajo en el que yo no puedo poner los límites. Ni a una Ana que tampoco puede ponerlos. Por eso además de la dieta sigo trabajándome a nivel emocional, y mucho. Cuidándome. Mucho.

Trabajar para mí es cuidarme. Ser excelente en mi trabajo, dar lo mejor de mí,  es cuidarme. Trabajar desde lo que creo, en lo que creo, es cuidarme.

Por eso desde febrero de 2018 estoy de excedencia voluntaria del Institut Català de la Salut. Para cuidar y seguir cuidándome . Cuidar familias. Cuidar profesionales.

En grupo. En consulta. En talleres.

Con tiempo. Con ganas. Con interés en seguir formándome.

Ana Barbero Sans

Pediatra y Psicoterapeuta.

Nº Colegiada 32458

Durante más de 20 años he desarrollado 3 Espacios de confianza diferenciados:

-Grupos multifamiliares,
-Consulta de pediatria familiar
-Coaching para profesionales de la salud.

Si estás interesado en conocer un poco mejor mi CV,
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Creo ESPACIOS DE CONFIANZA

En los que las personas puedan contactar con sus vivencias y compartirlas. En los que pensar y reflexionar para construir conocimiento y empoderarse.

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