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El vínculo o por qué somos como somos

el vínculo o por qué somos como somos

A  veces pensamos que nuestras experiencias más tempranas quedaron ahí, y no tienen que ver con nuestro día a día. Nada más lejos de la realidad.

Cuando somos bebés, dependiendo de cómo se han relacionado con nosotros, establecemos diferentes formas de relacionarnos no sólo con los demás, sino también con nosotros mismos. Estos tipos de relación o vínculo serían un apego seguro, un apego ambivalente o un apego evitativo.

La importancia del Apego en el adulto

Cuando el adulto tiene la capacidad y responde a las necesidades del bebé, acude cuando éste llora, conecta con el bebé, el bebé se siente seguro, puede explorar poco a poco otras cosas fuera de mamá/persona con función mamá. Es lo que llamamos apego seguro.

Hay ocasiones en que el propio adulto no acaba de aclararse consigo mismo, o no tuvo esa mamá segura, y funciona en modo “una del cal y otra de arena” o ahora te quiero ahora no. No conscientemente, sino que no puede dar una consistencia. A veces es un tema de presencia explícita: realmente a veces está y a veces no. Otras veces es algo más sutil, ahora contacto ahora no, por ejemplo si toma drogas o es alcohólico, o tiene un problema de salud mental no tratado que le impide esa presencia segura y constante.

Por último tendríamos esos bebés que realmente no tuvieron la presencia personalizada y que reaccionaron defendiéndose, diciéndose inconscientemente: para qué necesitar si no voy a tener. Bebés que buscaron brazos y no los tuvieron, que lloraron y no fueron atendidos. Algunos de estos bebés decidieron inconscientemente crear un fuerte, una barrera, para no sufrir más y poder tirar adelante. Son bebés que se convertirán en niños que no se dejan tocar ni abrazar, a los que les es muy difícil confiarse a otro.

Cuando el bebé crece, se convierte en niño/a, en adulto/a, y estos patrones de relación siguen estando ahí. El bebé que se relacionó con su mamá (generalmente) desde el apego seguro, será un niño/a más seguro de sí mismo, una persona a la que no le será muy difícil confiar en los demás, querer y dejarse querer, tanto física como emocionalmente.

El bebé que tuvo un vínculo ambivalente crecerá con una cierta confusión, con dificultad en la confianza, estableciendo esa relación también con sus hijos. No es que haya de ser irremediablemente así siempre, es algo que puede trabajarse, pero será su forma a priori.

El bebé que creó su fuerte, será un niño/a que rechazará la intimidad, el contacto físico, a quien le será muy difícil confiarse. 

Estos tipos de apego se manifiestan a lo largo de toda nuestra vida, y en todo tipo de situaciones: en la escuela , en la relación con los hermanos o con mamá y papá, con los amiguitos, en la vida adulta con la pareja y con los propios hijos.  Conformará la personalidad de esta persona, y en algunos casos puede ser el origen de un verdadero transtorno de personalidad. 

Los niños que viven en situación de desamparo, que con suerte serán adoptados o al menos podrán acceder a una familia de acogida, en la mayoría de casos tiene un patrón de vínculo ambivalente o evitativo. En el caso del patrón ambivalente, desconciertan a sus madres/padres: ahora te quiero, ahora paso de ti; ahora te busco, ahora te rechazo directamente; ahora de abrazo, ahora te escupo literalmente. En el caso del apego evitativo es este bebé que, aunque no haya sufrido un maltrato físico directamente, está rígido en tus brazos, no se deja abrazar fácilmente, no busca el contacto físico. Algunos niños en esta situación son diagnosticados incluso de autismo, hasta este punto se han cerrado a su entorno, y aunque algunos puede que sí lleguen a tener un verdadero autismo, en otros podrá reconducirse más fácilmente. A todos estos niños les cuesta un mundo abrirse, confiarse de verdad, no sólo por ese apego, sino por la vergüenza/culpa con la que viven el haber sido abandonados. Porque ante una situación de abandono/maltrato/neglicencia, los niños no viven que el adulto lo ha hecho mal, sino que ellos son malos, tienen la culpa de haber sido abandonados.

Estos apegos ambivalentes/evitativos se dan también en otros niños: hijos de padres alcohólicos no rehabilitados, de padres con problemas de salud mental no asumido ni tratado, y en gran prematuro. Aunque ha avanzado muchísimo el mundo de las uci neonatales, es muy difícil que el bebé experimente la misma seguridad en una incubadora e incluso haciendo método canguro (piel con piel) con su mamá o papá que cuando estaba dentro del útero materno. Para mamá o papá tampoco es tan fácil establecer un buen vínculo, sobre todo al principio, porque se encuentran con un bebé que a veces ni parece un bebé, lleno de tubos y cables, y que está en una situación grave. Y en estas ocasiones la naturaleza nos prepara más bien para rechazar o para no vincularnos demasiado, por si las cosas van mal. Poder expresar esta ambivalencia y no sentirse rechazados o juzgados ayuda a mamá y papá a, con un poquito de tiempo, establecer un vínculo fantástico con su bebé. Si, por el contrario, no pueden reconocerlo, ni a sí mismos a veces, se van sientiendo culpables o malamadre/malpadre y esto sí que hace que no puedan establecer un vínculo tan bueno.

El vínculo con nuestro bebé o hijo puede peligrar también en otras situaciones: por ejemplo cuando hemos tenido pérdidas gestacionales que no hemos podido llorar y elaborar acompañados, o cuando somos mamá o papá adoptivos. En estas situaciones cuando llega o nace nuestro hijo a veces no sentimos lo que esperábamos, quizá a ratos sí y a veces no, quizá tristeza directamente, o incluso una cierta frialdad o, en algún caso, un verdadero rechazo. Este niño/bebé no es el que perdimos, no es el que esperábamos. Poder llorar esto, darnos cuenta de estos sentimientos, es el mejor regalo que podemos hacerle a nuestro hijo/a. Acompañados, no juzgándonos ni siendo juzgados, con el tiempo sí podremos establecer un vínculo seguro con nuestro hijo, o ayudarle en la recuperación de su vínculo ambivalente o evitativo en el caso de los hijos adoptivos.

De forma más sutil, podríamos tener niños con apego ambivalente sobre todo cuando los adultos de verdad no estamos presentes, cuando el estrés de nuestra vida, o nuestra propia adicción a las pantallas, o nuestra depresión no reconocida nos impide estar ahí realmente.

¿Como ayudar a los niños y a los padres?

Porque los niños necesitan de nuestra presencia real  para crecer físicamente, para desarrollar su cerebro, para ser no sólo felices sino su mejor versión.

Lo bueno es que sobre el vínculo puede trabajarse, y mucho.

Puede trabajarse sobre la mamá y el papá:

  • Preparándoles antes de adoptar, tanto formándoles como acompañándoles en sus propios duelos
  • Preparando a las mamás con amenaza de parto prematuro, acompañándolas también, enseñando a estos papás cómo es una UCI neonatal
  • Detectando mamás y papás que no están bien, en cualquier momento de su vida como mamás o papás: embarazo, crianza, hijos más mayores, adolescencia… y ayudándoles, instando a que hagan tratamiento o se deshabitúen si es el caso.

Y puede trabajarse sobre los niños:

  • Respetando su forma de ser y relacionarse, comprendiéndolos, aceptándolos en sus maneras ambivalentes, en su evitación, en sus conductas. Porque cuando un niño o niña se siente malo actúa como malo, se inviste de este personaje, y puede liarla mucho, y más a medida que va creciendo. Por muchos profesionales que intervengamos, nada puede hacer tanto bien (o tanto malo) a tu hijo como tu mirada, tu aceptación incondicional, tu seré tu madre/padre pase lo que pase, tu te quiero tal como eres, tu creo en ti
  • Si es necesario, haciendo terapia con ellos y con sus padres, tanto como niños pequeñitos, a través de terapia ocupacional por ejemplo, como cuando son más mayores, explicándoles cuando puedan entenderlo el por qué de sus dificultades, ayudándoles con ellas y dándoles un lugar donde de verdad puedan ser ellos.
  • Aportándoles rutinas, que les ayudan a anticipar y les confieren seguridad a la vez que les ayudan a estructurar su cerebro

¿Qué te parecen mis palabras? ¿Te han resonado de alguna manera?

Espero que este post te haya ayudado, mamá o papá. Quizá a comprender un poco más  a tu hijo adoptivo y así poder hacerlo aún más tuyo. O a identificar alguna cosita en tu hijo/a muy prematuro. O a comprenderte un poquito más a ti y, por fin, perdonarte, por no haber sido la mamá o el papá que esperabas ser o no haber podido estar tan presente como te hubiera gustado…

Si todo esto te resuena, y sientes que podría dar más sentido a las dificultades que estáis teniendo en casa, merece la pena que consultes. A profesionales que conozcamos el mundo de la adopción o la prematuridad, profesionales que trabajen sobre todo con primera infancia desde esta perspectiva.

Un abrazo

Ana

Y a ti, ¿cómo te suena mi proyecto? ¿en qué te gustaría que te ayudara como mamá, como papá? Me encantará leer tu respuesta, seguir buscando nuevas maneras de serte útil en tu camino

 

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