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 Esto no tiene nada que ver con la adopción

Esto no tiene nada que ver con la adopción

   ¿te suena esta frase? Yo la oigo a menudo, tanto a las mamás y papás adoptivos como a algunos profesionales, e incluso al propio hijo/a adoptivo. A veces no se dice, pero se piensa.

   En las familias adoptivas, como en todas las familias, a veces hay conflictos, dificultades. En los primeros meses las familias sí soléis relacionarlo con la propia adaptación, con la historia de vuestro hijo/a, no tanto con vuestra propia historia. Pero a medida que pasan los años, especialmente cuando empieza a haber dificultades en la escuela, o más adelante en la adolescencia, no se tiene tan presente.

   El tema en realidad no es la adopción, sino las vivencias de abandono, el trauma, que han sufrido los hijos adoptivos en sus primeros años. El no tener un vínculo seguro y, a veces, los tóxicos e infecciones del embarazo o la propia base genética, daña su cerebro. Y este daño no se ve todo de entrada, sino a medida que se tienen que utilizar sus partes para los diferentes aprendizajes, como leer, escribir, concentrarse o hacer un problema de mates.

   En el cerebro está la capacidad no sólo de concentrarnos y aprender, sino de calmarnos, de regular nuestras funciones básicas y nuestras emociones,  de empatizar, de relacionarnos, de querernos y querer, de sentir y expresar emociones. Por eso en estos niños pueden estar afectadas estas capacidades, en mayor o menor medida.

   También es frecuente atribuir todas o la mayoría de problemas que surgen a las características o incluso la historia del hijo adoptivo. Cuando lo cierto es que su evolución dependerá muchísimo de cómo estamos su madre y su padre, de la seguridad que podamos ofrecerle una vez esté con nosotros, de nuestra sensibilidad para poder comprenderle y acompañarle. Y de la escuela: de su mirada, su sensibilidad  y su capacidad de adaptarse a las necesidades de nuestro hijo/a.

   La mirada que repara es la mirada que comprende que nuestro hijo/a tiene buenas razones para hacer lo que esté haciendo, fruto de su historia, y de los recursos que ha desarrollado para sobrevivir. Es la mirada que sabe que en momentos de amenaza, de incertidumbre, se reactivarán sus defensas: la evitación, o la ansiedad, la inseguridad, por ejemplo.

   La mirada que repara es la que comprende que en nuestro hijo/a (y en todas las personas) hay diferentes partes. Que unas pueden estar más dañadas, y otras ser maravillosamente sanas, sorprendentes. Por eso nuestros hijos engañan. Porque conviven estas partes, de forma más o menos amigable y ordenada, y van saliendo y desconcertándonos hasta que comprendemos  cómo son y qué hace que surja cada parte. Qué gatilla las partes más duras, qué potencia las más sanas.

   La mirada que repara es la que acompaña y permite a nuestro hijo/a ser triste-feliz, porque sabe que ese abandono que vivió se ha  quedado a vivir en sus células. Es una mirada humilde, que dice: no puedo ni imaginar lo que debiste sufrir en ese momento, porque yo no lo he vivido, pero acepto que ese dolor siempre va a formar parte de ti. Esa mirada, que permite el dolor sin sentirnos culpables por ello, es la que permite a nuestros hijos ser felices de verdad. Porque tapar la parte triste no permite que afloren las partes más sanas y felices de nuestros hijos, pero darle un lugar, licitarla, explicársela, acompañarle, sí repara y es la fuente de la verdadera esperanza. Ése es el amor que nos cura, en palabras de Boris Cyrulnik.

   Y para amar así hemos de estar cuidados. Sólo si nos sentimos amados y reconocidos podremos amar de verdad gratuitamente a nuestro hijo/a sin esperar un agradecimiento o una expresión de emociones de los que no siempre va a ser capaz, al menos sin nuestra ayuda.

   Nuestros hijos tendrán las vivencias y dificultades propias de su edad, comunes a todos los niños, niñas y adolescentes, pero el cómo van a vivirlas sí va a ser diferente. Es lo que yo llamo sus gafas de vivir la vida. Y cada hijo adoptivo, cada niño con trauma temprano haya sido o no adoptado, tiene sus propias gafas, construidas con su historia de dolor pero también de resiliencia.

   Y tu hijo/a, ¿cómo son sus gafas? Qué fortalezas ha tenido desde que le conoces? ¿qué se activa en él/ella, en qué situaciones? ¿qué dolor o preocupaciones te cuenta, o no te cuenta? ¿qué le emociona, le ilusiona, le mueve?

   A veces se dice de nuestros niños que no tienen interés, ¿no será en parte que aún no conocemos lo que de verdad está ocupando su cerebro?

El 23 de mayo de 2020 participé como ponente en la sesión on-line organizada por Kune Centro Kune  y hablé de todas estas cositas. Me gustaría muchísimo tener tu feedback, seguir aprendiendo contigo, con tu hijo/a.

   El link a la sesión es     link a vídeo  

Con gran cariño

Ana: pediatra, psicoterapeuta y madre adoptiva