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El día en que nos dijeron que no había latido fuimos por la tarde a mi ginecóloga (no hacía la ecografía la misma persona). Me preguntó: ¿cómo estás? Y yo contesté: triste. Respondío: bueno, sí, y aparte de eso?

Semanas más tarde fui pariendo a trocitos. Ojalá hubiera guardado alguno y lo tuviera enterrado aunque fuera en una macetita en la terraza.

Llevaba sólo 2 meses de embarazo. No tocaba sentir tanto dolor. No tocaba tener miedo físico ni contracciones de parto. Pero lo hubo. No es sólo que no hubiera latido, es que hasta ese momento lo único que había sido era latido. Ya desde el principio no crecía, ya sabíamos que probablemente no llegaría a buen término. Pero no pude evitarlo. No pude evitar tocarle el piano en esos 10 días en los que aún había latido, aunque lento, apagándose. No pude evitar que una parte de mí se sintiera madre.

Pasé por la sala de partos, nos fuimos a casa sin un bebé. Por suerte ya lo había expulsado en el trabajo, en el coche. Porque me dijeron que hiciera vida normal, cuando lo normal en una tarde de invierno para mí era visitar 40 pacientes. De camino a casa, partida de dolor, conduciendo, en plena nevada de 2010, si me hubiera cruzado con una ambulancia la habría parado y habría dejado mi coche en plena calle.

Mi marido me vio al entrar en casa y, con el pie escayolado, me llevó a urgencias. Rápido. Los dos muy asustados, el dolor me partía en dos y mi mente de médico se imaginaba cosas muy graves. Porque nadie me había avisado. Nadie me había dicho que pudiera doler tanto.

Llevé a nuestro hijo muerto 15 días. Tampoco me avisaron de que si no lo expulsaba podía llegar a haber un riesgo para mí, ni de que no podíamos tener relaciones sexuales (en ese momento tampoco me pasó mucho por la cabeza, he de decirlo). Pensé que una vez nacido, o expulsado, como lo llaman ellos, todo habría pasado. Pero no fue así. Días de dolor, perdiendo sangre y trozos. Meses después hinchada, muy hinchada, con el cuerpo parado, traumado.

Llamamos a los amigos. No quisimos vivirlo en solitario, y vinieron, cuánto lo agradezco. Algún otro amigo años más tarde me dijo: ¿ves por qué vale la pena esperar a la 12 semana para decir que estás embarazada? Y no, no vale la pena. Al menos no vale la pena si tú ya sientes a esta criatura como tu hijo, si tú ya te sientes madre.

Pero como no hay cosas físicas ni ambiente que lo recuerde, y yo misma no me lo llegué a creer del todo, no llegué a ilusionarme de verdad, pasé años hasta reconocer que sí, había estado embarazada. Cuando nuestro segundo hijo, Sasha, cumplió 4 años, sentí la necesidad de darle nombre al primero, a Álvaro. Y me juzgaron por ello. Y me juzgan cuando Sasha habla de su hermano mayor, que está en el cielo. No le pongas esas cosas en la cabeza al niño, me dicen.

Pero la verdad calma, a mí me calma. Reconocerme y honrarme como madre biológica es honrar a nuestro primer hijo, a Álvaro. Es darle su lugar y darle permiso a Sasha para ser el segundo, para ser él mismo y no el sustituto de su hermano.

Reportaje: Sin Latido

Hace unos meses vi el resportaje Sense batec (Sin latido) en el programa 30 minuts de TV3. Aún me emociona y me ayuda. No sólo por mi historia personal y profesional, sino por la humanidad que he percibido. Honrar el dolor es honrar nuestra humanidad. Ver a una enfermera acompañar físicamente a una niño hasta su muerte, porque sus padres rotos no pueden hacerlo, es enorgullecerme de mi profesión y de mis compañeros. Y tener esperanza en una medicina de verdad humanizada, que no da la espalda al dolor y a la muerte, y por tanto no da la espalda a las personas que sufren.

Cuando acompaño a las familias adoptivas en su camino, este dolor sale. Y es bueno, muy bueno, aunque duela. Muchos padres adoptivos han pasado por embarazos que no han llegado a buen término, han tenido hijos que se han quedado por el camino, y a los que no siempre han podido honrar, dar un lugar. Y tienen miedo, mucho miedo. Y les cuesta aferrarse a la Esperanza: Si hasta ahora no he podido ser madre, ¿quién me dice que podré serlo? Y es normal.

Porque la naturaleza nos protege, no quiere que suframos. Y hay familias que preparan la habitación muy pronto, otras que esperan casi a tener a su hijo aquí, por ese miedo. Y cuando se encuentran por primera vez con ese nuevo hijo, muchas veces en otros países, a veces salen cosas que no esperan: tristeza, rechazo, o nada simplemente. Y yo les explico, y les preparo. Les digo que no se asusten, que cuando nace un nuevo hijo, o lo adoptan, se hacen presentes de alguna forma los que perdimos en el camino, en forma de tristeza, de lo que no pudo ser. Y si lo permitimos, si le damos su lugar, si no lo juzgamos, pasa. Porque la Vida triunfa, gana. Y el Amor va apareciendo, va creciendo cada día.

Es ese amor el que nos hizo llorar. Permitirnos llorar es permitirnos amar al que se fue, y nos abre a, poco a poco o de golpe, depende de cada familia, a amar a nuestro nuevo hijo, sea biológico o adoptado.

Dra. Ana Barbero Sans. Médico Pediatra. Madre.

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